Un, Dos, Tres

Se alza cual revolución recién gestada,
un, dos, tres; un, dos, tres;
de uno de los extremos del mundo
resuena el palpitar de sus pasos
y el cosmos telúrico cae a sus pies.

Nada se escapa a sus ojos,
hasta los fantasmas sigilosos le aman
y se congracian con su majestad
dejándose entrever en los espejos
y escondiendo flores en su almohada.

Avanza sin prisa por la alfombra real,
un dos, tres; un, dos, tres,
todas las miradas se inclinan en suma reverencia
y un enjambre de murmullos
adorna los pasillos cada vez.

¡He aquí la Princesa del Imperio, la musa universal!
¡Contempladle, contempladle!
¡Coged el aire que deja en cada gesto
y enviadlo a las estrellas
para que no dejen de brillar!

Mira las sonrisas escondidas detrás de los violines
que solo esperan su orden para desatar los sonidos
y con otra sonrisa en sus labios perfectos
se detiene y pronuncia la frase mágica:
¡Que comience la fiesta!

Un dos, tres; un, dos, tres.

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Acordes.

Sus venas vibran con la música. Su brazo se mueve veloz y con exactitud para frotar el arco sobre las cuerdas del violoncelo, se balancea hacia adelante y hacia atrás mientras ejecuta esta pieza de Bach. Y las melodías arrancadas por la fricción y el virtuosismo le hacen entrar en éxtasis, se pierde en esas notas graves y se deleita en cada salto de las notas que fluyen de su instrumento. La música no es suya, no le pertenece, no la compuso, pero se le ha metido en el cuerpo y pareciera venir de ella, de sus entrañas, de sus manos fuertes, de su pelo enmarañado. Sí, la música pareciera venir de ella, pero la verdad es que la música la ha hecho suya, se ha apoderado de su alma y su existencia, le ha poseído y le ha robado cada respiro para convertirlos en sonidos que traspasan los oídos de su audiencia también extasiada.

¡Mirad! Ahora pareciera estar en una lucha, su cuerpo descontrolado arranca los motivos más fascinantes de ese antiguo violoncelo, como si realmente no quisiera tocar y estuviera enfrentando a una fuerza superior a la que final se entrega rendida. ¡Vedla así! En trance absoluto, en una imagen de locura espeluznante, ved cómo se agita su pecho, cómo echa hacia atrás su cabeza y se pierde en un mundo desconocido a nuestros ojos, parece que de pronto ella explosionará y su instrumento se desfragmentará en las mínimas partículas hasta hacerse invisible y hacernos creer que toda este perfección que ahora contemplamos no es más que producto de nuestra propia locura. Pero no, ella está aún allí, única y solitaria, podemos ver el brillo de su sudor, podemos ver sus venas a punto de explotar y cómo muerde sus labios hasta hacerlos sangrar. En trance, en trance, en trance… Fuera de sí, muy dentro de sí, lejos, muy cerca. Este es el clímax, es el momento más sublime de la noche, son los segundos más intensos y más fugaces. De pronto, cuando ella ya no es más que una imagen difuminada frente a nuestros ojos, ¡contempladle!, en movimientos extraordinarios y únicos, en melodías excelsas y elevadas, estallan en un orgasmo ella y su instrumento, su instrumento y ella, fundidos en una sola esencia, en un solo acorde, una sola nota y se vuelve luz, más visible que nunca, más clara que nunca. En sus ojos hay lágrimas de placer, de misterio, en sus labios hay un beso de sangre. Nosotros somos pura admiración y silencio. Hemos enmudecido para no manchar la perfección de la música y la seducción de su musa cautivadora. 

De cuerpo y corazón.

Las injusticias me mueven, las luchas sociales me mueven, la desigualdad me mueve, la gente que se junta para manifestarse me mueve. Y fue así como esta mañana llegué a una marcha estudiantil  que comenzó al centro de la ciudad. Me sentí pequeño al estar dentro de esa multitud, como un hombrecito de plastilina que en cualquier momento podía transformarse en una bandera, un perro o un tambor. Me sentí parte del movimiento, al fin y al cabo podía ser una de las tantas banderas que surgían entre la gente, o podía ser un perro de tantos aquellos que nos acompañaban por el camino o un tambor y dar ritmo a los cuerpos que se movían alegres y llenos de color por las calles. Hay consignas que me sé de memoria de tanto marchar, de tanto gritarlas en las manifestaciones; pero hay otras que definitivamente me hicieron sentir desfasado frente a esta generación que inventa nuevas canciones para protestar y muestra recursos que en mi tiempo no se usaron. Es cierto que no soy un tipo que hace mucho rato que salió de la Universidad, pero aún así siento la distancia generacional con quienes lideran esta movilización y a veces me muestro sorprendido con la fuerza que toma.

 

Como hoy, por ejemplo, cuando al terminar la marcha nos fuimos a un salón inmenso después de tanto barullo y agitación a estar en silencio, todos sentados en el suelo utilizando ese silencio como una manera de protestar. Me quité la polera porque ahí dentro había un calor enorme, más que el de la calle con sol y me uní a la quietud de los manifestantes, meditando en nuestros actos, en nuestra trascendencia como movimiento, como luchadores sociales.

 

Y de pronto, sin previo aviso, entró la policía a detener a cuanta persona pudieran llevarse. Mi corazón saltó de rabia y mi cuerpo estaba ya de pie en menos de un segundo y quería gritar, pero estaban todos en silencio. Uno de los uniformados tomó a una chica adolescente, la llevó hasta adelante y comenzó a golpear sus manos frente a todos los que estábamos ahí. Yo estaba casi al último del salón, pero podía ver perfectamente lo que estaba ocurriendo, vi las manos de la chica sangrando y ahí no pude más. Tomé una guitarra que estaba a mi lado y tomándola como una espada en medio de la guerra, salí corriendo a defender a la niña víctima de la ignorancia e intransigencia policial. Varios me agarraron para que yo no causara disturbios, pero mi cuerpo estaba imparable, mi fuerza fue más que la de quienes quisieron detenerme. Entre los forcejeos, mi ropa se rompió y llegué corriendo adelante totalmente desnudo, pero eso no me importó y levanté la guitarra y la hice pedazos en el casco del policía que estaba torturando a la niña, lo golpeé hasta que ya no había más guitarra en mis manos, hasta que el hombre cayó al suelo y me suplicaba que no lo golpeara más. Vociferé frases de defensa, consignas revolucionarias y el silencio se apagó y mi voz se perdió entre los aplausos.

 

Yo, de pie, transpirando, jadeante, había olvidado mi desnudez y parece que nadie pensaba en eso; la euforia de la situación nos había dejado ciegos para ver otras cosas que no fueran la injusticia y nuestra propia rabia al vernos humillados. Cuando empezamos a movernos para salir de ahí, mi corazón comenzó a descansar y me di cuenta que estaba sin ropa al ver las sonrisas en las caras de algunos que me rodeaban. Una mano amiga me lanzó un chaleco y cubrí lo más importante antes de salir.

 

Llegué a mi casa, me tiré en la cama, encendí un cigarrillo, el único del día, y me puse a pensar que había destrozado una guitarra, había corrido desnudo frente a mucha gente, había salvado a una chica de seguir siendo torturada, había golpeado a un policía hasta más no poder y había recibido el aplauso de cientos de desconocidos que quizás, como yo, no olvidarían este día. Había hecho varias cosas que jamás hice antes y que volvería a repetir en una situación similar.

 

Y es que cuando digo que las injusticias, las luchas sociales, la gente que se junta para manifestarse me mueve, es porque es así. De cuerpo y corazón. De corazón y cuerpo.

TolýЯogêt